Dejar de pensar que a alguien le debe de gustar
Desde que somos niños nos enseñan a buscar aprobación. La sonrisa de un adulto, la calificación de un maestro, el aplauso de un público. Crecemos creyendo que lo que vale es lo que gusta. Que si a alguien no le agrada, entonces no sirve. Y así, sin darnos cuenta, construimos una jaula invisible. Una donde cada idea, cada intento, cada creación… nace ya condicionada.
El problema es que el arte no nace para gustar. Nace para existir. Para ser dicho. Para ser escuchado, sí, pero no necesariamente aplaudido. Confundir el eco con la validez es una trampa. Porque no todo lo que resuena es verdadero, y no todo lo verdadero resuena rápido. A veces el arte más honesto tarda en encontrar a quien lo entienda.

Pensar que nuestra música, nuestras palabras, nuestras imágenes deben adaptarse al gusto de los demás es una forma elegante de autocensura. No lo parece, porque se disfraza de estrategia, de marketing, de “conocer al público”. Pero muchas veces es solo miedo. Miedo a ser uno mismo y que no alcance. Miedo a decir lo que se siente y que no guste. Miedo a quedarse solo con una verdad propia.
Y sí, puede pasar. Puede que hagas algo hermoso, sincero… y que nadie lo escuche. Puede que te esfuerces y aún así pases desapercibido. ¿Y sabes qué? También eso está bien. Porque el valor de lo que haces no depende de cuántos lo aplaudan. Depende de cuánto de ti pusiste ahí. De cuánta verdad hay en cada nota, en cada trazo, en cada verso.
Liberarte del deber de gustar no significa dejar de cuidar lo que haces. Significa dejar de vender tu voz por aceptación. Significa volver a preguntarte: ¿por qué hago esto? ¿Por quién? ¿Qué pasaría si nadie más lo viera, lo oyera, lo compartiera? ¿Seguirías haciéndolo?
Si la respuesta es sí, entonces estás más cerca del arte que muchos con miles de likes. Porque lo tuyo no es ruido de algoritmo, es una necesidad profunda. Una urgencia del alma que encontró forma.
Y ojo: no se trata de despreciar al público ni de volverse arrogante. Se trata de entender que gustar no es el objetivo. Es apenas una consecuencia posible. A veces ocurre. A veces no. Pero nunca debe ser la razón por la que decides crear.
Dejar de pensar que a alguien le debe gustar es, paradójicamente, lo que puede hacer que gustes más. Porque la gente reconoce lo auténtico. Lo imperfecto. Lo que vibra desde un lugar real. Y aunque no todos lo entiendan, los que sí… lo sienten.
Así que hazlo. Canta, escribe, graba, pinta. No porque va a gustar, sino porque no puedes no hacerlo. Porque eso también es amor. Porque eso también es libertad.
¿Y si no le gusta a nadie? Tal vez sea lo mejor que hayas hecho nunca.