La sociedad actual está hecha de ego, vanalidad y violencia

Una disculpa por la ausencia, he tenido bloqueo creativo y lo sigo teniendo, pero trabajar incluso en medio del bloqueo también es parte del proceso, no todo lo que vale la pena nace inspirado.

Cada vez que abrimos redes parece que el siguiente trend necesita superar al anterior, bailes más complejos, inteligencia artificial más extraña, retos más absurdos, y al mismo tiempo la exhibición constante de vidas aspiracionales, restaurantes exclusivos, viajes de “cierta categoría”, joyas, autos, lujo como si fuera estado natural. Y en el mismo flujo, casi sin transición, videos de guerra, peleas callejeras, gente muriendo, violencia cruda convertida en clip de treinta segundos. Todo mezclado, todo al mismo nivel, como si nada tuviera peso real.

Eso no se queda en la pantalla, se filtra al arte, y si hablamos de música se nota todavía más. Muchas canciones hoy condensan todo eso en tres minutos, dinero, poder, sexo, violencia, exceso, a veces con ironía, a veces sin ella. No es un fenómeno aislado ni exclusivo de un país, atraviesa culturas distintas porque responde a algo más profundo, una lógica compartida donde el impacto importa más que la reflexión, donde la exageración vende más que la sutileza.

Hay sociedades más dominadas por el ego y la vanidad, otras marcadas por la violencia, muchas combinan ambas cosas, y el arte termina absorbiendo esa atmósfera. En México, por ejemplo, el corrido ha funcionado históricamente como un juglar moderno, narrando hazañas y figuras de poder, con el tiempo esa narrativa puede normalizar lo que retrata, sobre todo en contextos donde las oportunidades educativas o culturales son limitadas y la ficción se confunde con aspiración.

Lo que empieza como relato termina siendo modelo, y las redes aceleran ese proceso, repiten la imagen hasta que parece regla. El algoritmo no tiene moral, tiene objetivo, que te quedes, que mires, que reacciones, que no cierres la aplicación. Te muestra lo que te gusta, prueba con algo más extremo, intercala anuncios, mide tu atención como si fuera petróleo. Mientras tanto, uno puede pasar horas mirando realidades ajenas y perder sensibilidad frente a lo que ocurre a metros de distancia, en la misma colonia donde quizá hay jóvenes intentando formar una banda o aprender un instrumento sin cámaras que los respalden.

Ahí es donde el arte puede recuperar algo humano, no necesariamente volviéndose solemne, sino volviéndose consciente. Expresar lo que se vive no es lo mismo que reproducir lo que más ruido hace. Sensibilidad no significa fragilidad, significa no anestesiarse. No todo tiene que convertirse en scroll, like y compartir, no todo tiene que diseñarse para impactar en cinco segundos.

También hay que admitir algo incómodo, muchas veces participamos del juego porque alimenta el ego, porque esperamos que la siguiente foto tenga más likes que la anterior, que el viaje sea más ostentoso, que el símbolo de estatus sea más evidente, como si la validación externa fuera prueba de existencia. No es necesario ir a Dubái solo para tomarse la foto y regresar a la misma vida con una historia que contar en formato vertical. No todo lo que brilla es progreso, a veces es solo amplificación.

Tal vez el problema no sea que el arte se degrade, sino que se adapta demasiado bien a una sociedad que confunde exposición con significado. Y si queremos algo distinto, la conversación no empieza señalando géneros o tendencias, empieza preguntándonos qué estamos premiando con nuestra atención y qué tipo de mundo estamos ayudando a normalizar cada vez que elegimos mirar sin cuestionar.

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