El arte cambia el mundo, hoy solo distrae.
Hola de nuevo!
Después de muchos cambios, descansos y trabajo, aquí andamos otra vez, regresando a la idea original de todo esto, escribir lo que pienso sobre la música, que poco a poco terminó expandiéndose a todo tipo de arte, consejos y opiniones.
El mundo ha cambiado a una velocidad que jamás había visto, un día quieren resolver todos los problemas con internet, inteligencia artificial y 5G, y al otro están peleándose por un estrecho cerrado. Yo se que suena albur, pero así está el mundo actual.
Y claro que todo eso se ve, se escucha y se lee en el arte. Aunque siendo sinceros, gran parte de lo más popular se ha vuelto algo muy falso y demasiado moldeado para ciertos mercados, mensajes vacíos, bailes sin expresión, canciones hechas más para funcionar en un clip que para decir algo.
Y ahí es donde aparece la pregunta, ¿hasta cuándo todo este “arte” tan plastificado va a seguir siendo aceptado como algo normal?
Existen muchísimos casos donde el arte, o incluso simplemente el hecho de poder expresarse, ha ayudado a cambiar comunidades enteras golpeadas por la violencia, la marginación y la desigualdad. Lugares olvidados por todos, donde muchas veces pareciera que no hay salida. Y sí, gente mala existe en todos lados, no todo viene de la pobreza o del abandono, pero el arte sigue siendo una de las pocas herramientas capaces de darle identidad y voz a una comunidad.
Por eso siempre se habla del arte como “el termómetro” de la sociedad. Un ejemplo clarísimo es el graffiti. Mucha gente lo asocia únicamente con vandalismo o con “marcar territorio”, pero muchos murales realmente son una forma de decir: “aquí estamos, esto somos, no nos ignoren”. Son comunidades retratándose a sí mismas en las paredes de una ciudad que normalmente las quiere invisibles.
Lamentablemente, muchas veces al gobierno le interesa más institucionalizar todo con colores y estéticas que no representan a las personas que viven ahí.
Y bajo toda esta presión de las redes sociales, de los lugares “instagrameables”, muchos gobiernos, empresarios y espacios terminan persiguiendo una estética que ni siquiera nos pertenece, pero que sí pertenece a cierta visión eurocentrista de cómo “debería” verse el mundo. Poco a poco vamos perdiendo identidad como sociedad latina, una identidad llena de colores, exageración, surrealismo, maximalismo, ruido, contradicción y efusividad.
El “arte” dirigido completamente por empresas muchas veces termina distrayéndonos de lo que realmente somos. Porque incluso dentro de Europa existen diferencias enormes entre culturas, formas de pensar, política, arquitectura, arte y maneras de vivir, pero las redes nos vendieron la idea de que Europa es una sola estética minimalista, sobria y perfectamente ordenada.
Y mientras todos intentan parecerse a eso, muchas sociedades terminan alejándose de sí mismas.
Por eso creo que hacer arte sigue siendo importante, aunque este sistema gigantesco eventualmente nos termine aplastando o absorbiendo. Porque al final, lo único que realmente puede resistirse a convertirse en producto es lo humano.
Y quizá esa sea la única salida que nos queda frente a todo lo que viene.
